Diario de un solidario ecológico, por decreto

Martes, 31 de marzo:

Las personas confinadas insisten en abrir sus ventanas y aplaudir a las ocho de la tarde para agradecer a quienes se están jugando el tipo en sus trabajos.  Con el cambio de hora, hay luz natural y nos vemos mejor, cara a cara. Nos ilusionamos pensando en que esto se arregla pronto. Pero los ciclos de la naturaleza son otros. Aquí seguimos y aquí seguiremos. Lo mejor es no pensar en lo que queda. Este tiempo es un regalo.

Viernes, 27 de marzo:

Advierten los científicos de que no hay que engañarse: disminuir el aumento de los gases de efecto invernadero significa hacer grandes cambios sociales a largo plazo. Si los cierres económicos generalizados por el coronavirus persisten durante los próximos meses, probablemente se verá una desaceleración del aumento de las cifras de CO2 en la atmósfera. Pero, críticamente, esto no hará mella en la masa o pila de dióxido de carbono que hemos acumulado en los últimos 150 años.

Mi gozo en un pozo…

 

Jueves, 26 de marzo:

Mi sensación de vulnerabilidad es creciente. Evitar el contacto con las personas y el exterior durante tanto tiempo es muy duro. Tengo chispazos de rebeldía, pero me aquieto. Nuestra adaptación a las nuevas condiciones corre a toda velocidad. No queda otra. Se calcula que hay muchas más personas infectadas que las cifras oficiales. El número nacional extraoficial de contagios, a día de hoy, se estima en medio millón. Nunca antes el presente se me había hecho tan denso.

Martes, 24 de marzo:

Aunque estaba anunciado desde el principio de la crisis, que tenemos que esperar a alcanzar los puntos más altos de contagios, ingresos, muertes, etc. cuesta ver o leer noticias que informan de las personas -con nombre y apellido- que han muerto o se han infectado por trabajar. Vérselas con la muerte así con tanta cercanía lo remueve todo. Se retoman contactos sobre todo con los familiares. El clan se hace presente hoy más que nunca. Los sueños son películas con guión complejo.

Domingo, 22 de marzo:

Los seres humanos somos tozudos: pensábamos que esto se arreglaba en una semana. Pero el microbio nos dice que necesitamos aún más tiempo para que entendamos qué está pasando realmente: se prolonga el estado de alarma por quince días más. Todos los planes se desmontan, perdemos la referencia y estamos obligados a dejarnos llevar dentro del refugio. Hasta que aprendamos o cambiemos o mejoremos o nos perdonemos. Me entero de que a algunas personas les ha tocado hacer duelo -de su padre, madre o de ambos progenitores- sin haber tenido la oportunidad de despedirse. Son muchas las lecciones inesperadas. Me gustaría ser plenamente consciente de las mías.

Sábado, 21 de marzo:

No podemos resolver esto si no es a través de la paciencia y la solidaridad. Hay quienes piensan que este virus va a cambiar el modelo de producción y consumo. El miedo nos hace prometer que seremos mejores personas.  En un estado de alarma es lo normal. Si se sale de ésta, el miedo no debe ser el leit motiv, sino la responsabilidad por uno mismo, por la sociedad, por las generaciones venideras y la Naturaleza.

Jueves, 19 de marzo:

Aunque las cifras del COVID-19 sean cada vez más elevadas y, por algunos momentos, perdamos la confianza no nos olvidemos de que esto también pasará.

 

Miércoles, 18 de marzo:

Preocuparse o no. El BCE hará una inyección de 750.000 millones de euros a la economía de la UE. Sobre todo pienso en quienes están trabajando por darnos el sustento vital. En su mayoría son mujeres: cuidadoras, cajeras, enfermeras, médicas, auxiliares, limpiadoras. La vida es un lujo.

Martes, 17 de marzo:

Veo a palomas acicalándose con total confianza. Oigo piar a bastantes gorriones y hasta trinar a alguna urraca. Van haciéndose con el territorio. No me extraña. Algún perro pasa, pero tiene la correa muy corta y va a tiro fijo. Si se cruzan dos paseantes aumentan la distancia. La mayoría lleva unos pocos alimentos y anda a paso ligero.

Internamente, el teletrabajo funciona como una maquinaria bien engrasada. Por lo visto en la red, las personas se empiezan a agobiar por falta de tiempo. Las tablas de horarios son la norma, el límite. El nuevo tiempo que teníamos disponible se va diluyendo a medida de que vamos encontrando menesteres para no pensar. Dentro de lo previsible, siguen aumentando las cifras de la pandemia y quedan bastantes días para que comiencen a remitir. Llegan los testimonios de conocidos y gente cercana en el hospital con distinto diagnóstico. Apretamos los dientes, porque no sabemos cuanto va a durar esta excepción.

Como el camino a una mejor versión de la humanidad aún está despejado, a las ocho de la tarde abrimos las ventanas y aplaudimos -agradeciendo a quienes juegan la salud o la vida por nosotros- con mayor fuerza e incluso con más brío. Cómo los pajarillos.

Lunes, 16 de marzo:

A pesar de que los contagios se incrementan a mayor velocidad y de que el sistema sanitario de algunas zonas esté al límite, puede que las personas hayan rebajado su ansiedad con respecto a los alimentos y ya no hagan acopio excesivo. Se reducen los horarios laborales, se cancela la atención al público. Se cierran las grandes fábricas de coches. Y los trabajadores son despedidos o suspendidos temporalmente.

Tal vez, falta un liderazgo experto en las organizaciones para tomar decisiones que no afecten a la economía real. Para no exigir a las empresas el pago de obligaciones, para no obligar a los trabajadores a ir hasta el lugar de trabajo y para no mantener los puestos de trabajo. Todos los impagos se pueden negociar cuando la crisis remita. Pensar a largo plazo. No es destruir. No es aumentar la morbilidad en su amplio sentido. Es más caro poner en peligro la salud (física y mental) de las personas y producir los contagios para mantener una economía que no funciona. Cualquier actividad que no sea curar, cuidar o alimentar ahora mismo es onerosa.

Además, hoy se ha publicado la evidencia de cómo han caído drásticamente las emisiones de Nox en Italia por las medidas contra el COVID-19. A las ocho de la noche, como hace el vecindario, abro la ventana y aplaudo. Dentro de mí, agradezco tener salud, alimentos y vecindario.

 

Domingo, 15 de marzo:

Brilla el sol. Fuera. Los cristales merecen que les pase un paño con agua destilada que he encontrado en un armario olvidado y así mi campo de visión mejora sustancialmente. No, no es una pantalla. Es una ventana de mi casa. Mi edificio da a una calle peatonal, donde observo personas ir o venir de comprar el pan. La barra bajo el brazo, la cabeza gacha, la boca cerrada y sin compañía.

Por lo tarde, caminan los que llevan un perro atado a una correa. Es posible que la calle esté más limpia. La terraza del bar del lado ha desaparecido. Ya no se oyen las risotadas y las conversaciones sobre el todo y la nada. Tampoco veo los cientos de colillas tiradas que puede dejar un domingo sin coronavirus.

Veo que hay dibujos infantiles en las ventanas de los edificios de enfrente: distingo arcoiris y lemas como Todo irá bien o Dena ondo joango da. Si con este confinamiento se están evitando contagios, puede que el mensaje de los niños no ande desencaminado. Por la noche toca hacer ronda telefónica -no textos en chats- para preguntar al oído cómo lo llevan algunos conocidos que están más en riesgo. Al final, nos reímos y todo. Deben ser los nervios.

Sábado, 14 de marzo:

Intento no conectarme mucho a la red ni abusar del móvil: hay información cuyo objetivo es ponernos más ansiosos y crear inestabilidad. Sé que las personas todavía están asumiendo que no pueden salir de casa. Hay quienes, incluso, se han ido a otra localidad como si fuera tiempo de vacaciones, sin saber si eran portadores de COVID-19 o no. Circula una imagen de un ex presidente del país y su mujer (ex alcaldesa) con ropa veraniega paseando por la costa contentos, despreocupados. Se han ido, por una temporada, desde la capital a un centro vacacional del colectivo rico. En sus rostros no hay visos de conciencia del otro. El egoísmo dogmático me perturba un poquito. Con lo cual, pienso que a ellos no les importaría dejar de ver a otras personas.

 

Viernes, 13 de marzo:

Con miedo o sin él, que tengamos que quedarnos en casa es un giro en nuestros planes y también una ocasión para repensar la relación con nuestro entorno y con los demás. Eso, por ley. Hemos dado por hecho que podíamos usar y contaminar el espacio común a voluntad. Caminar por las calles, cruzar un parque, observar los árboles o las aves, respirar hondo si el aire no tiene mucha polución. Coger el coche una y mil veces. Hemos creído que el “fuera de casa” nos pertenecía y por lo tanto, estaba disponible en todo momento. Y ahora tenemos quince días en donde, obligatoriamente, tenemos que reducir nuestro impacto. Aunque es poco tiempo, podríamos notar algunos cambios. Por lo ventana, a las nueve de la noche, veo a tres adolescentes charlar un rato entre sí, a menos de medio metro y luego despedirse con los dos besos de toda la vida. Dos preguntas me surgen: cambiará el valor que damos al medio ambiente y a las interacciones cara a cara. Esas que hemos ido reemplazando por plataformas de publicidad ultradirigida que llaman redes sociales.

 

 

2020-04-01T11:30:38+02:00 13 marzo, 2020|